Retrato en blanco y negro de Edelmira, mirando directamente a cámara

Capítulo 001

La Morriña de Edelmira

91 años · Moratones de Vidriales (Zamora)

Durante toda su vida hizo lo mismo: cuidar.

Cuidó de las ovejas. De la casa. Del huerto. De los peces que tenía en una bañera. De toda la familia. Cuidó de todo lo que tuvo cerca, hasta bien mayor.

El lobo quiso llevarse una oveja. Yo no lo dejé.

— Edelmira
Fotografía antigua de Edelmira de joven
Edelmira, de joven

Su casa había sido el antiguo taller de madera del pueblo. Por eso todos lo seguimos llamando así: el taller.

Siempre la recuerdo en el huerto. Cogiendo verduras, o subida donde hiciera falta para bajar manzanas. Le daba mucha vida, y la mantuvo con energía hasta bien mayor.

Tenía que caminar diez kilómetros con el niño al cuello para llevarlo al médico.

— Edelmira
Edelmira junto a su familia
Con parte de la familia

En verano, cuando llegábamos al pueblo, nos esperaba con ganas. Le dábamos vida. Siempre tenía botes de Nocilla guardados en un mueble, para que merendáramos, y todavía me acuerdo del olor de la alacena donde los guardaba, junto a unas pastas de almendra.

La recuerdo con la bata puesta —la misma que llevaban todas las señoras del pueblo, todo el día encima— de pie frente al fuego, preparando un arroz con patatas que nos encantaba a todos, aunque fuera un plato sencillo. El arroz no era lo suyo, en realidad, pero lo hacía con todo el cariño que tenía. Su pollo con pimientos, en cambio, no tenía rival.

A veces nos daba alguna propina a escondidas. Sin que se enterara el abuelo. Sin que se enteraran mis padres.

Después de cenar, salía al fresco con las vecinas del pueblo, a charlar un rato antes de dormir.

Tenía miedo de que, cuando ella faltara, su familia dejara de estar unida.

De que falte yo, se acabó.

— Edelmira
Edelmira junto a su familia, en la calle
Familia, un día cualquiera

Fragmento — pendiente de montaje, sin música

Edelmira conversando durante el rodaje del documental
Durante el rodaje

Con el tiempo, tuvo que irse a vivir a Madrid, a casa de sus hijos. Siempre he pensado que habría sido más feliz en su pueblo, rodeada de su huerto, de sus vecinas y de la vida que ella había construido allí.

Pero nunca se quejó. Siempre estuvo en un segundo plano. Era una mujer sencilla, de las que no necesitaba llamar la atención para cuidar de los demás.

Epílogo

Este fue el primer documental de MORRIÑA.

Comenzó como un regalo para mi abuela por su 91 cumpleaños.

Ella falleció antes de que pudiera terminarlo.

Con el tiempo entendí que aquel documental no solo era un regalo para nuestra familia.

Era la prueba de que alguien puede seguir acompañándonos, aunque ya no esté.

Por eso hoy existe MORRIÑA.